Encuentro
de Jesús con
su Santa Madre

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
¿Quién, Señora, viéndoos en llanto,
osaría preguntar por qué lloráis? Ni
la tierra, ni el mar, ni todo el firmamento, podrían
servir de término de comparación a vuestro dolor.
Dadme, Madre mía, un poco por lo menos de ese dolor.
Dadme la gracia de llorar a Jesús con las lágrimas
de una compunción sincera y profunda.
Sufrís en unión a Jesús. Dadme la gracia
de sufrir como Vos y como Él. Vuestro mayor dolor no
fue el contemplar los inexpresables padecimientos corporales
de vuestro Divino Hijo. ¿Qué son los males del
cuerpo en comparación con los del alma? ¡Si Jesús
sufriera todos aquellos tormentos, pero a su lado hubiera
corazones compasivos! ¡Si el odio más estúpido,
más injusto, más necio, no hiriese al Sagrado
Corazón enormemente más de lo que el peso de
la Cruz y los malos tratos herían el Cuerpo de Nuestro
Señor! Pero la manifestación tumultuosa del
odio y de la ingratitud de aquellos a quienes Él había
amado... A dos pasos, estaba un leproso a quien había
curado... más lejos un ciego a quien había restituido
la vista... poco más allá un alma sufriente
a quien había devuelto la paz. Y todos pedían
su muerte, todos lo odiaban, todos lo injuriaban. Todo esto
hacía sufrir a Jesús inmensamente más
que los inexpresables dolores que pesaban sobre su Cuerpo.
Y existía algo peor, existía el peor de los
males. Había el pecado, el pecado declarado, el pecado
protuberante, el pecado atroz. ¡Si todas aquellas ingratitudes
fuesen hechas al mejor de los hombres, pero, por absurdo,
no ofendiesen a Dios! Más eran hechas al Hombre Dios
y constituían contra toda la Trinidad Santísima
un pecado supremo. He ahí el mal mayor de la injusticia
y de la ingratitud.
Este mal no está tanto en herir los derechos del bienhechor,
sino en ofender a Dios. Y de tantas y tantas causas de dolor,
la que más Os hacía sufrir, Madre Santísima,
Redentor Divino, era por cierto el pecado.
¿Y yo? ¿Me acuerdo de mis pecados? ¿Me
acuerdo por ejemplo de mi primer pecado, o de mi pecado más
reciente? ¿De la hora en que lo cometí, del
lugar, de las personas que me rodeaban, de los motivos que
me llevaron a pecar? Si yo hubiese pensado en toda la ofensa
que Os causa un pecado ¿habría osado desobedeceros,
Señor?
Oh, Madre mía, por el dolor del santo encuentro, obtenedme
la gracia de tener siempre delante de los ojos a Jesús
sufriente y llagado, precisamente como lo visteis en este
paso de la Pasión.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Ten piedad de nosotros.
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
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