Jesús
cae por primera vez

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
¿Entonces, Señor? ¿No Os era lícito
abandonar vuestra Cruz? Pues si la cargasteis hasta que todas
vuestras fuerzas se agotaran, hasta que el peso insoportable
del madero Os lanzara por tierra, ¿no estaba bien probado
que Os era imposible proseguir? Estaba cumplido vuestro deber.
Que los ángeles del Cielo llevasen ahora por Vos la
Cruz . Vos habíais sufrido en toda la medida de lo
posible. ¿Qué más habríais de
dar?
Sin embargo, actuasteis de otro modo y disteis a mi cobardía
una alta lección. Agotadas vuestras fuerzas, no renunciasteis
al fardo, sino que pedisteis más fuerzas aún,
para cargar nuevamente la Cruz. Y las obtuvisteis.
Es difícil hoy la vida del cristiano. Obligado a luchar
sin tregua contra sí mismo para mantenerse en la línea
de los Mandamientos, parece una excepción extravagante
en un mundo que se ufana en la lujuria, en la opulencia y
en la alegría de vivir. Pesa en nuestros hombros la
cruz de la fidelidad a vuestra ley, Señor. Y a veces
las fuerzas parecen faltarnos.
En estos instantes de prueba, comenzamos a hacer sofismas:
ya hicimos cuanto estaba en nosotros. Al final, ¡son
tan limitadas las fuerzas del hombre! Dios tendrá esto
en cuenta... Dejemos caer la cruz a la vera del camino y hundámonos
suavemente en la vida del placer. ¡Ah, cuántas
cruces abandonadas a la vera de nuestros caminos, quizá
a la vera de mis caminos!
Dadme, Jesús, la gracia de quedar abrazado a mi cruz,
aun cuando yo desfallezca bajo el peso de ella. Dadme la gracia
de erguirme de nuevo siempre que hubiese desfallecido. Dadme,
Señor, la gracia suprema de nunca salir del camino
por donde debo llegar a lo alto de mi propio calvario.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Ten piedad de nosotros.
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
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