|
Jesús
lleva la Cruz a cuestas

V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Porque por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Se inicia así, mi adorado Señor, vuestra peregrinación
hacia el lugar de la inmolación. No quiso el Padre
Celestial que fueseis muerto de un golpe fulminante. Vos habríais
de enseñarnos en vuestra Pasión, no sólo
a morir, sino a enfrentar la muerte. Enfrentarla con serenidad,
sin dudas ni flaquezas, caminando hacia ella con el paso resuelto
del guerrero que avanza hacia el combate; he ahí la
admirable lección que me dais.
Frente al dolor, Dios mío, cuánta es mi cobardía.
Ora contemporizo antes de tomar mi cruz; ora retrocedo, traicionando
el deber; ora, por fin, lo acepto, mas con tanto tedio, tanta
molicie, que parezco odiar el fardo que vuestra voluntad me
pone sobre los hombros.
En otras ocasiones, cuántas veces cierro los ojos para
no ver el dolor. Me ciego voluntariamente con un optimismo
estúpido, porque no tengo el coraje de enfrentar la
prueba, y por eso me miento a mí mismo: “no
es verdad que la renuncia a aquel placer se me impone para
que no caiga en pecado; no es verdad que debo vencer aquel
hábito que favorece mis más arraigadas pasiones;
no es verdad que debo abandonar aquel ambiente, aquella amistad,
que minan y arruinan toda mi vida espiritual; no, nada de
esto es verdad...”, cierro los ojos y tiro a un
lado mi cruz.
Jesús mío, perdonadme tanta pereza, y por la
llaga que la Cruz abrió en vuestros hombros, curad,
Padre de las Misericordias, la llaga horrible que en mi alma
abrí con años enteros vividos en el relajamiento
interior y en la condescendencia para conmigo.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria
V. Ten piedad de nosotros, Señor.
R. Ten piedad de nosotros.
V. Que las almas de los fieles difuntos, por la misericordia
de Dios, descansen en paz.
R. Amén.
|