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Veracidad incuestionable
de las Sagradas Escrituras

En una entrevista con Israel Filkenstein, publicada en “La Nación” el último 25 de enero, se ha puesto en duda la veracidad del Éxodo, uno de los cinco libros del Pentateuco 1 . Sin embargo, como veremos en este artículo, la veracidad de las expresiones inspiradas por Dios en las Sagradas Escrituras vienen siendo paulatinamente confirmadas por las propias ciencias humanas

Objetar la historicidad del Éxodo, una de las evidencias más trascendentes del Antiguo Testamento y  por consiguiente de la presencia de Dios en la Historia, sembrando la duda y la confusión en aquello que debería ser incuestionable, siempre ha favorecido a los enemigos de la Fe en su desesperado intento por menoscabar a la Santa Iglesia Católica.

La veracidad de las expresiones inspiradas por Dios en las Sagradas Escrituras, además, vienen siendo paulatinamente confirmadas por las propias ciencias humanas.

Sin embargo, en su frecuente cuestionar del origen divino de las Escrituras, el arqueólogo Israel Filkenstein se vale de tecnicismos y unapalabrería impactante en un primer momento, llena de datos y conclusiones precipitadas, supuestamente basadas en análisis profundos y exhaustivos.

¿No existió la huida de Egipto?
Según Filkenstein: “El Pentateuco ‘es una genial reconstrucción literaria y política de la génesis del pueblo judío, realizada 1500 años después de lo que siempre creímos”.
Nada le autoriza a concluir que ese libro sagrado fue un invento de la monarquía tardía del reino de Judá, destinada a propagar sus ideologías y necesidades, y no la obvia transcripción de fuentes más antiguas.
Veamos por qué.

¿No existió la huida de Egipto?
“Las ciudades de Pitom y Ramsés, que habrían sido construidas por los hebreos esclavos antes de partir, no existían en el siglo XV a.C.”2, sostiene Filkenstein en su intento de desautorizar los escritos sagrados.

En 1978, el explorador Ron Wyatt descubrió en el fondo del Mar Rojo numerosas piezas arqueológicas –ruedas de carruajes egipcios, armaduras y hasta esqueletos humanos y equinos incrustados sobre los corales– que evidencian el
paso del pueblo judío

Sin embargo, el profesor Pierre Montet, tras cuatro años de intensivos trabajos de excavación, para sacar a la luz las ruinas de Pi-Rameses-Meri- Amón, encuentra en ellas cantidades insólitas de estatuillas, estelas, esfinges y edificios con el sello del faraón Ramsés II, aquel que endureció su corazón y no permitió a los hebreos salir de Egipto hasta la intervención Divina 3.

Corroborando este hallazgo, el célebre arqueólogo, historiador y teólogo norteamericano, William Foxwell Albright sostiene, entre otras muchas cosas, que el relato de la partida de Egipto es completamente exacto en lo que hace a la descripción del terreno.

En una palabra, el rastro dejado en las Escrituras por los israelitas a través del desierto ha quedado impreso en la topografía y la arqueología se ha encargado  de corroborarlo.

Werner Kéller reproduce en su famosa obra “Y la Biblia tenía razón” las palabras pronunciadas por aquel erudito norteamericano al referirse a la fecha en que se produjo el Exodo: “Si la fijamos en el año 1290 antes de J.C. apenas podemos equivocarnos, ya que los primeros años de Ramsés II (desde 1301 a 1234) estuvieron en la mayor parte ocupados por una gran actividad constructiva que se desarrolló en la ciudad a la cual dio su nombre, la Ramesés de la tradición israelita. La notable coincidencia entre esta fecha y la indicación contenida en Ex. 12, 40 de 430 años hace suponer que su entrada en Egipto debió tener lugar hacia el año 1720 antes de la era cristiana, cosaque puede ser casual pero no deja de ser una coincidencia muy notable”.

Vestigios del Éxodo en el Mar Rojo
El explorador Ron Wyatt, buceando en Egipto en 1978, descubrió en el fondo del mar numerosas piezas arqueológicas que evidenciaban contundentemente el paso del pueblo judío a través del Mar Rojo: ruedas de cuatro, seis y hasta ocho rayos de carruajes egipcios, armas, restos de los carros y hasta esqueletos humanos y equinos incrustados sobre los corales. Posteriores inmersiones sacaron a la luz mayor cantidad de objetos, tanto del lado egipcio como del de Arabia Saudita.
Waytt mostró sus hallazgos al director de Antigüedades del Museo de El Cairo, Dr. Nassif Mohammed Asan, quien después de un exhaustivo análisis, llegó a la conclusión de que los mismos databan de la época de Ramsés y Tutmosis, es decir, la XVIII y XIX dinastías.

Jericó, cuyas ruinas contemplamos en la fotografía, era de una delas tres ciudades más antiguas de la Tierra, con una importante actividad comercial, rodeada de murallas y poblada por considerable número de habitantes

Josué en Jericó
Finkelstein, como tantos objetantes de la veracidad de las Escrituras, pone en duda las grandes batallas narradas en la Biblia y asegura que en tiempos de Josué “la orgullosa Jericó, cuyos muros se desplomaron con el sonar de las trompetas de los hebreos, era entonces un pobre caserío”.

Jericó es una de las tres ciudades más antiguas de la Tierra junto a la bíblica Enoc, construida por Caín en un sitio aún no identificado y Catal Hüyük, sobre las colinas de Anatolia, en la actual Turquía. Sus cimientos más antiguos se remontan al año 7000 a. C. y en ella se han encontrado restos de murallas y vestigios de un repentino cataclismo.

Para el año 1406 a. C. cuando tuvo lugar la conquista de Josué, la urbe tenía cinco mil quinientos años de antigüedad, tiempo suficiente para convertirse en la ciudad la que hacen referencia las Sagradas Escrituras. La pregunta surge sola entonces, ¿durante cinco mil quinientos años Jericó, ese oasis erigido en plena ruta de las caravanas fue un pobre caserío?  Por supuesto que no. Aquel fue tiempo más que suficiente para que la población se desarrollara basando su subsistencia en una importante y considerable actividad comercial, fruto del intercambio mercantil provenientes de todos los rincones del mundo civilizado. Y cuando el ejército de Josué se presentó frente a sus muros, se encontró una ciudad potente, rodeada de murallas y poblada por un considerable número de habitantes.

“Entretanto Jericó estaba cerrada y bien pertrechada por temor de los hijos de Israel, y nadie osaba salir ni entrar. Mas el Señor le dijo a Josué: mira; Yo he puesto en tu mano a Jericó y a su rey y a todos susvalientes”  (Jos. 6, 1-2)

Durante las excavaciones en Jericó, fueron halladas importantes cantidades de grano quemado, otra prueba de que lo narrado en el libro de Josué es exacto. ¿Por qué?. Porque la conquista de la ciudad fue en época de la cosecha y la ciudad no fue rendida por hambre, sino por una repentina irrupción después de rápido asedio.(“Biblical Archaeology Review” 1990, No. 3, p. 51).

También se hallaron esqueletos aplastados, uno de los cuales, presentaba una gran roca sobre sí, como si se le hubiera desplomado encima algo. “Levantando, pues, el grito todo el pueblo, y resonando las trompetas, luego que la voz y el estruendo penetró los oídos del gentío, de repente cayeron las murallas, y subió cada cual por la parte que tenía delante de sí; y se apoderaron de la ciudad, y pasaron a cuchillo a todos cuantos había en ella, hombres y mujeres, niños y ancianos, matando hasta los bueyes, las ovejas y los asnos” (Jos. 6, 20-21).

El Patriarca Abraham
Tampoco son “...relatos embellecidos...” como asegura Israel Filkenstein, el viaje de Abraham desde su ciudad natal de Ur hasta Canaán, la instalación en la Tierra Prometida y la época de los Reyes.

El primero se hizo por etapas, con el Patriarca bordeando el Eufrates, hasta la populosa ciudad de Mari a través de caminos sinuosos y montañosos. Allí se detuvo un  tiempo para proseguir luego hacia el sudoeste, bordeando el litoral mediterráneo hasta el lago de Nazareth donde – 2000 años antes de que Nuestro Señor Jesucristo pidiera a Pedro que echase sus redes para pescar– pastaron susrebaños y se alzaron sus tiendas.

En 1920 se encontraron, a orillas del río Nilo, en Egipto una serie de vasos manufacturados entre los siglos XIX y XVIII a. C. en los que destacaban extrañas inscripciones que mencionaban a ciudades como Jerusalén, Ascalón, Sikem y Aksaf, prueba definitiva de que tales lugares existían por entonces. Dos de ellas, Jerusalén y Sikem, fueron visitadas por el Patriarca durante su visita al rey Melquisedec de Salem. Esos vasos egipcios fueron una de las pistas que el arqueólogo alemán Ernst Sellin para dar con las ruinas de Sikem, en las proximidades del monte Garizzim, en lo que alguna vez fue Samaria.

El becerro de oro a los pies del Sinaí
No hay rastros de esa gente en su peregrinación de 40 años, dice Filkenstein, refiriéndose a la ausencia de vestigios a los pies del Sinaí o de referencias en las estelas o documentación egipcia, obviando la posibilidad de que los israelitas pudieron haber acampado en otro lugar, no tan próximo al monte sagrado y que si bien se conserva mucha documentación del período egipcio, es mucha más la que se perdió durante las guerras, las innumerables invasiones, los estallidos civiles y el incendio de la gran Biblioteca de Alejandría, por ejemplo.

Pero se equivoca al mencionar la ausencia total de vestigios ya que en una de las laderas del Sinaí, casi en el nacimiento de sus elevaciones, existe tallado en la piedra un enigmático becerro, fácilmente perceptible pese a la erosión de los vientos y el deterioro del tiempo. La prueba parece elocuente, tanto, que los creadores de la serie documental “Los misterios de la Biblia”, no pudieron evitar hacer referencia a ella.

 

San Pablo advirtió:
“Cerrarán sus oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas”

A modo de conclusión
No olvidemos que los concluyentes indicios históricos, los asombrosos descubrimientos arqueológicos y la incuestionable existencia de hechos, lugares y personajes son pruebas humanas de la veracidad de las Escrituras.

Sin embargo, como bien enseñó San Agus-tín, la mayor prueba de esa veracidad reside en su misma fuente: el origen divino de la Revelación y la garantía de las Escrituras dada por la Santa Iglesia Católica Apostólica, Romana.

Inspiradas por Dios, tratan de Él y su relación con los hombres. Por consiguiente, relatan hechos al mismo tiempo sobrenaturales y naturales. Hechos que, por esa causa, no pueden ser vistos como otros cualesquiera, meramente humanos. Estos acontecimientos bíblicos tienen a Dios como protagonista y, así, muchos exceden por su naturaleza una simple explicación científica.

Pero no nos sorprende la vieja reiteración de objeciones como éstas de Israel Filkeinstein, ya que dentro de la misma Biblia, cuya valor pretende desmentir, San Pablo nos advirtió: “Porque vendrá tiempo en que no podrán sufrir la sana doctrina; sino que, teniendo una comezón extremada de oír, recurrirán a una caterva de maestros siguiendo sus propias  concupiscencias. Cerrarán sus oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas”4.


Notas:
1- “La Nación”, Buenos Aires, miércoles 25 de enero de 2006, Año 137, Nº 48.243.
2-  Idem.
3- Werner Kéller, “Y la Biblia tenía razón”, Ediciones Omega S.A., Barcelona, 1956, pp. 120/121
4- 2a Epístola a Timoteo, Cap. 4, 3 y 4

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